“En una ocasión, la tormenta vino acompañada de electricidad y un rayo cayó sobre un pino gigante, del otro lado de la laguna, abrió un surco, de arriba abajo, de dos o más dedos de profundidad y una considerable altura, como si hubiese querido hacerse un bastón. Pasé por allí hace poco y aún me sobrecoge la huella, más visible hoy que antes, que dejó, hace ocho años atrás, ese terrorífico rayo que cayó del cielo inofensivo. No es extraño, entonces, que me digan: “Debe sentirse muy sólo allí, sobre todo en los días de nieve y lluvia y, especialmente, durante la noche” y yo tengo ganas de contestar: “Este mundo en el que vivimos no es más que un punto en el espacio. ¿A qué distancia crees que viven los dos habitantes más alejados de aquella estrella, cuya anchura no puede ser apreciada, siquiera, por nuestros instrumentos? ¿Por qué habría de sentirme solo? ¿Nuestro planeta no está en la Vía Láctea? No creo que esa pregunta que me has hecho sea la más importante. ¿Cuál es la clase de espacio que separa a un hombre de otro y le hace sentirse solitario? No hay ningún movimiento de las piernas que pueda acercar a dos mentes separadas. ¿De qué queremos vivir cerca?”
— Henry David Thoreau | Walden, La vida en los bosques (1854)